jueves, julio 09, 2009

Leer te llena la cabeza de pájaros

Hace mucho, mucho tiempo, cuando todavía no sabía leer, pero sí apreciar los colores y un bonito dibujo, mis padres dejaron caer en mis manos algunos ejemplare de Marvila. Y ese fue el principio del fin.

Aunque tal vez comenzó antes, y no tengo constancia, cuando mi madre me leía cuentos para dormir.

De algún modo, así nació la pasión por los libros, el amor por la literatura, esta adicción que me empuja a devorar un libro tras otro, o que provoca que si no tengo nada mejor que leer, me sorprenda a mí misma recorriendo con los ojos líneas de composición de alimentos.

Quizás de no haber sido hija de inmigrantes, de haber tenido más amigos, habría salido más, callejeado más, y leído mucho menos. Pero en mi infancia fui bastante reservada, aunque no recuerdo por qué, y siempre, siempre, estaba rodeada de libros.

No estoy orgullosa, pero es una anécdota como cualquier otra, y quizás sirva de ejemplo de hasta qué punto he estado enganchada a la lectura.

Hubo un tiempo en que en España existieron las pesetas, aquella moneda propia y única previa al euro. Era prima de los marcos, las liras, las libras, los dracmas y otras tantas.

Teníamos billetes de cien pesetas, que valían algo más de dos tercios de un euro. Y de doscientas y de quinientas. Teníamos billetes de mil pesetas (aproximadamente un euro), de dos mil y de cinco mil. Un billete de cinco mil era un dineral. Pero el bonito billete de tonos violetas perdió el trono cuando apareció el billete de diez mil pesetas.

Si cinco mil pesetas era una fortuna, llevar diez mil pesetas era una tentación. En aquel entonces, un tebeo valía setenta y cinco pesetas y Forum publicaba algunos incluso quincenales.

Intenta imaginar la cantidad de tebeos que podías comprarte con cinco mil pesetas... Ya sólo con quinientas pesetas (los actuales tres euros), daban para seis comics y si te hacían descuento casi siete. El manga, no existía. Pero habían joyas del cómic europeo.

Había globos de peseta, de esos que llenábamos de agua y nos tirábamos unos a otros en verano. Y las chucherías valían como mucho un duro (cinco pesetas). Nos llenábamos los bolsillos de petazetas, chicles (de esos planos y rectangulares, n exitían los bubaloos ni nade por el estilo), conguitos, regalices...

Estaba de moda el moco de elefante, y las puleras de scoodydoo. En el patio jugábamos a pillar, al escondite, a las carreras, a la gallinita ciega. Jugábamos a las gomas, a la comba, a palmas.

El día que aparecieron las maquinitas "Game & Watch" con los juegos de dong key kong, fue una revolución. Todos andábamos como locos, y queríamos una, aunque eran muy caras. Muchas familias modestas, como la mía, no podían comprarlas. Pero lo que sí podíamos comprar todavía eran comics y libros.

Sí, supongo que así fue.

Imagino que probablemente antes que estos hubieron otros libros, pero no los recuerdo. Y si tengo que emepzar por algún sitio, lo haré por los que tenga más grabados en mi cabeza.

Si algo recuerdo de Uruguay es la siguiente lista: dulce de leche, pasta frola, sopa inglesa, butifarra de untar, raviolis caseros, tuco, conguitos, petazetas, Batman, Marvila, Galactica, Buck Rogers, Bidi Bidi (Twiki), Sal y Pimienta, Los Archies, los Scalextric.

No recuerdo apenas nada de lo que me llevé de Montevideo. Apenas mi nono (sábana de dormir), algunos cochecitos, unos garotto y unos conguitos.

Qué suerte llegar a un pais de otro cotinente y aún así encontrar algo familiar. Como la cocacola, los conguitos, los petazetas. Qué curioso que siga sabiendo igual.

Mis padres llegaron a España con 1.000 $. Esos mil dólares americanos, al cambio eran unas cien mil pesetas (6.000.- €). Daban para sobrevivir un par de meses. Nada más llegar, mi madre empezó a trabajar en una pizzería, en Esplugues del Llobregat, donde vivimos.

Recuerdo mi Don Miki semanal, recuerdo mis tortuguitas de mazapan. Y recuerdo un pañuelo atado en la cabeza sujetando mi barbilla para evitar problemas con las paperas.

Recuerdo al Ratón Pérez que me dejaba mil pesetas cada vez que se me caía un diente, dienro que invertía en libros.

Mis padres, por aquel entonces, no me compraban muchos libros, pero sí las Don Miki. En cambio, mi madre a veces todavía era capaz de encontrar un hueco para contarme un cuento, o dibujarme una historia. Mi padre me leía mucho también.

Cuando nos cambiamos a Barcelona capital, mi padre me leyó "Juan Salvador Gaviota" y "El Principito". A mis cinco años, me parecieron historias muy tristes, casi me gustó más la primera. Fui capaz de entenderla sin problemas. Mis padres me tuvieron mucha paciencia y me han educado lo mejor que han podido -que no es poco-. Espero que si alguna vez soy madre, sea capaz de hacerlo la mitad de bien.

Mi tercer libro, fue un ejemplar de los Cuentos de los Hermanos Grimm, de la editorial Noguer.

Entonces, nos mudamos de casa, a un pisito en Avenida Paralelo, en Barcelona.

Si me preguntaran pro el sitio más especial de todo Barcelona para mí, respondería "El Mercado San Antonio un domingo por la mañana". Era el sitio más maravilloso del mundo, y lo sigue siendo, aunque los tenderetes de libros hayan sido canibalizados en pro de los videojuegos.

Me sigue gustando ir a pasear por allí. Me gusta ir a cazar. Porque es precisamente eso: salir a cazar con veinte euros en el bolsillo, sin saber qué ganga te vas a encontrar ese día, qué libro necesita refugio, qué trofeo vas a colocar en las estanterías, qué amigo te susurrará historias hasta que cierres los ojos.

Fue allí donde mi madre me compró mi primer libro en Barcelona. Y nada más y nada menos fue "El mago de Oz". Llevo la magia en las venas, supongo. Crecí con la cabeza llena de sueños fantásticos.

La asignatura que más me gustaba era Historia. Sobretodo hasta llegar a la Edad Media. La historia contemporanea es algo que detesté mucho tiempo. Cuando estudiaba Grecia Clásica, ya sabía montones de mitos, y conocía todo lo que explicaba la maestra. Pero me gsutaba escucharla.

Mi madre me compró una colección de seis libros de mitología griega muy ilustrados. Los adoraba, los adoro, y siguen en mi dormitorio. Junto a "El mago de Oz" y mis "Cuentos de los Hermanos Grimm".

Por aquel entonces mis padres no eran partidarios de los tebeos, porque pensaron que harían que dejara de leer libros. Es más fácil mirar dibujos. Tuvieron mala suerte, porque en unas colonias me aficioné a ellos. La buena suerte (o no) es que continué devorando libros. Vivía viajando entre magos, dragones y La Patrulla X. Después, conocí a Los Nuevos Mutantes, Batman, La Legión de Superheroes, y otros tantos...

Con aproximadamente once o doce años, delinquí una vez. Fue por una buena causa. Para mí, la mejor de las causas.

En aquellos años, hizo aparición la moneda de quinientas pesetas. Era muy golosa. Ocupaba poco espacio y podías comprarte con ella un libro o casi siete cómics. Otras tantas libretas y lapiceros. Sí, porque era adicta a esribir y a las libretas. Me encantaba pasar las horas en librerías y papelerías.

Como no tenía paga, me autoagencié una. Requisaba las monedas de quinientas y las guardaba debajo de mi caja de lápices Staedler, entre el metal y el plástico.

Durante unas semanas, estrenaba libros con demasiada frecuencia y llevaba chuches encima todo el rato. Mis profes llamaron a mis padres, y mis padres cuando vieron lo que pasó me castigaron. Escribí mil veces "Nunca más robaré dinero a mis padres". Pero bueno, no me gastaba el dinero en drogas. Al menos no en mierda, solo en droga espiritual. NECESITABA leer.

Tras eso, mis padres me compraban libros siempre que podían, y me sacaron el carné de la biblioteca.

Los años continuaron pasando. Ya leía libros y comics americanos. Eso me convertía en un ejemplar raro y valioso de fémina friki.

Nos invadieron desde Oriente como los Occidentales hicieron con Spiderman. Habñia llegado Dragon Ball.

Hoy tengo que agradecer que tras esa intoxicación, con el paso de los años hayan ido sacando más y más coleciones de manga. A veces parece mentira que todo empezara con aquellas fotocopias mal hechas de Dragon Ball con las que traficábamos en el colegio.

Cuando aun existía EGB. Cuando exisía "Pizza World" y no todo era un monopolio de la maldita "Telepizza", cuando te regalaban VHS de "Las Tortugas Ninja".

En aquel entonces, el Mercado San Antonio era un hervidero de niños que cambiaban juegos y cromos. Aun no había llegado el boom de Magic, tampoco. Existían los disquettes de 3 1/2 y de 5 1/4 e internet no se llamab así, y era una cosa rarísima.

Así crecí yo, con mis ideas raras. Pero son ideas que no quiero olvidar, y algunas las quiero incluso compartir. Deseo hacer memoria y escribirle una carta a aquellos libros que leí, a los comics que leí y que me han acompañado por tres casas y las que vendrán en el futuro.

Leer te llena la cabeza de ideas y el alma de ilusiones.

Retomando "El Equipaje"

Hace como tres años que se me dio por abrirme este espacio en el blog, básicamente para dejar constancia de las impresiones que me han ido produciendo los libros o cómics que he leído, y poder recordar el día de mañana.

La verdad es que al principio parece que es mucho trabajo. Pero como es por placer, no tengo prisa, y puedo ir escribiendo poco a poco. A veces se me olvida que este sigue siendo mi mundo, y en él hago lo que quiero.

Hay tanto que anotar que no sé por dónde empezar. Así que vamos a ir poco a poco.

jueves, noviembre 29, 2007

Memoria digital

Tenía este blog muerto de asco desde el día que se me dio por publicarlo.

Al principio lo dejé de lado porque estaba muy vaga, pero he pensado... Qué demonios... Y lo he retomado.

El único propósito de este apartado es escribir mis impresiones de los libros, mangas y cómics que voy leyendo, y revisarlo de aquí a un tiempo. Hay muchos libros que merecen ser recordados, y sé que mañana tendré alzheimer y seré incapaz de hacerlo xD

He leído tantos, que reseñarlos a todos será imposible, porque me llevaría muchísimo tiempo, pero con los que relea, ya me iré actualizando.